frutería de semillas

una mañana en el hotel

en el vestíbulo del gran hotel, entre llamadas sin tiempo para la existencia, el perro ha tenido por fin la honestidad de gruñirle a su propia imagen en el espejo, un perro que ahora muerde su vida perra.

miro la escena desde el bastón tallado de una figura desconocida que heredé de mi desconocido abuelo, con la barbilla apoyada en las manos, que, apoyadas en el bastón, sostuvieron el ayer. no suelo pasar mucho tiempo hablando con el pasado, él me recuerda que he perdido ya todos los pares de calcetines. me sorprendí al verle entrar por la puerta del mañana, pisándole el rabo al can y celebrando que entendió que los calcetines no se pierden, se marchan, escuchan la llamada ebria de las vueltas en la lavadora y sus frenéticas velocidades, en esa abstracción es donde los atisbos de la figuración invaden las necesidades de los valientes para terminar sobre los pies de otra persona que escuchó esa misma llamada, y de vuelta por dar vueltas, vuelven a encontrar una pareja.

cómo no, huyo de los delirios del palacio de los mil huéspedes y me acurruco en la curva de la guitarra que tanto me gusta escuchar cuando habla, que me cuenta siempre el mismo cuento y no deja de sorprenderme. es una hoguera en una compañía privada donde exijo hablar sobre cuantas gotas he querido derramar, cuantos labios he sentido en la distancia, de los olores en lugares extraños que me traen recuerdos de lugares conocidos con y en los que hago el amor por los recovecos de mis entrañas enfermas de cariño que no consigo darme y se me da.

soy el caballo que la edad ha ido domando, soy el grito que pegó el silencio para escuchar a todas las ausencias, soy el árbol que aprendió a crecer hacia abajo por que lo de arriba pertenece a alguien que aún no he encontrado por no querer buscar.

soy por soñar, soy por soñarte, soñaros, soñarme y soñarnos

soy por sonar, soy por sonarte, sonaros, sonarme y sonarnos

en los sueños me contemplo jugando a la vida, y sin saber si soy el que espera o el esperado, me doy el lujo de no ser consciente y aprendo de ello para contárselo a los amigos del mundo cotidiano, vivir en la inconsciencia, la inocencia y lo liviano de lo que el sol nos permite ver